El estadio de José Madero no es solo un concierto…

Escribir sobre uno de mis artistas favoritos siempre me ha resultado complejo; percibo que el sesgo es inevitable y temo que mis palabras queden impregnadas de un fanatismo excesivo. En esta ocasión es imperativo redactar estas líneas con la emoción que me provoca algo que trasciende un simple concierto: hablo de la culminación, de esa cima a la que José Madero y su audiencia hemos llegado, EL ESTADIO.

Ha sido un trayecto difícil, colmado de vicisitudes, de tropiezos y de un sinfín de complicaciones; pero me entusiasma afirmar que este sendero ha sido de puro crecimiento. Lo verdaderamente asombroso es que su figura me ha seguido durante múltiples etapas de mi vida —algunas buenas, otras grises y algotras, definitivamente malas, siempre encuentra la frase exacta en sus versos para no dejarme solo y hacerme sentir comprendido.

Quiero contarles algo: yo no era el mismo individuo cuando descubrí la música de José Madero. Allá por el 2003, era apenas un niño cuyas únicas prioridades eran los videojuegos, las golosinas y los deberes escolares; carecía de un criterio musical definido, ignoraba mis preferencias… simplemente estaba explorando el mundo. Como el menor de dos hermanos, me encontraba profundamente influenciado por los gustos de mi hermano mayor: consumíamos el cine que él prefería, las caricaturas que él elegía y, por supuesto, escuchábamos lo que él decía. Yo era un mero espectador. Un día, al regresar de la escuela, llegó con un CD que un amigo de la secundaria le había sugerido.

La carátula pertenecía a una agrupación llamada PANDA. En la portada figuraban cuatro sujetos con muecas graciosas que capturaron mi atención de inmediato. Conecté mi grabadora, destape la caja y lo comenzamos a escuchar. El estruendo de un tren comenzó a retumbar mientras permanecíamos expectantes; conforme se aproximaba, la batería comenzó a sonar y, súbitamente, todo estalló con la guitarra, los demás instrumentos y una voz rasposa distinta a cualquiera que hubiese escuchado antes. En ese instante, algo vibró en mi, supe que aquello no era un álbum cualquiera.

En efecto, la primera canción que escuché con la voz de José Madero fue «Christina», un tema sobre la fascinación por una mujer de la televisión; algo que ni por error escribiría el José de ahora, pero que cautivaba a un niño de diez años. Al reverso del disco, resaltaban títulos tan peculiares como «El chango de los dos plátanos», «Córtame con unas tijeras pero no se te olvide el resistol para volverme a pegar» o la emblemática «Ya no jalaba». La genialidad de aquel material residía en su simplicidad: letras desenfadadas sobre trivialidades con las que logré conectar de inmediato.

Desde entonces, aquel disco se volvió omnipresente en mi vida. Nos acompañaba en cada labor cotidiana, cuando nos bañabamos, para lavar los trastes o para hacer tarea; incluso que el disco sucumbió al desgaste por el uso incesante. Recuerdo que hasta mi abuela memorizó las melodías y no faltaba el día en que la descubriéramos tarareando alguna canción.

Con el tiempo, mi hermano abandonó ese género para explorar otros rumbos más oscuros, pero yo tenía la certeza de haber hallado mi identidad musical. En aquella época, obtener música no gozaba de la inmediatez actual, por lo que no podía buscar si tenían más música o algo más de ellos. Al entrar a la adolescencia, me sentí invadido por emociones y conflictos internos que me resultaban indescifrables; cuando me rompieron por primera vez mi corazón desconocía el origen de ese sentimiento, de ese ardor en el pecho, en esa primera experencia de desamor me topé con Para ti con desprecio. Aquel álbum quizá no explicaba mi situación exacta, pero funcionó como el catalizador ideal para comprender mi sentir y entender que no era el único que pasaba por eso. Solo quienes coreamos «Disculpa los malos pensamientos» o «Promesas / Decepciones» en plena pubertad comprendemos la herida que produce cada estrofa.

Y así podría desglosar cada disco y cada ciclo; José Madero ha crecido como artista, como músico, como compositor, de la mano con mi crecimiento como persona. Actualmente, mi obra favorita de PANDA es Sangre Fría, una elección que decepcionaría a mi «yo» de diez años, pero que justifica la transición de José hacia su etapa solista y la profundidad que imprime en cada composición. Suena a un cliché de fan, pero me identifico tanto con sus canciones que me percibo como un fragmento de su propia evolución.

Suelo reiterar a mi círculo cercano que José posee una composición lista para socorrerte en cualquier circunstancia: soledad, desamor, depresión, bipolaridad, deseo, amor, odio, duelo… incluso cuando ya no quieres seguir, cuando no crees en ti —que no es más que el ahora famoso síndrome del impostor—, cuando nada importa; siempre que te sientas así, está el MAYDAY a José Madero y él siempre sabe qué decir en sus letras para acompañarte.

Eso representa el Estadio de José Madero para mi: un acompañamiento de más de dos décadas, un cierre de ciclo, una culminación en lo más alto a un viaje tan extenso y complicado; una travesía de la que yo me siento parte, porque yo he crecido con la música de José y la música de José ha crecido conmigo.